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Columnistas

Aventura deportiva, Qué ‘parche’ de carrera. Julio 04 de 2005

Por Jorge Enrique Rojas, Reportero de El Pais

Hasta ayer nunca había sentido miedo de correr. Creí que ese corrientazo que baja desde la médula, revuelve el estómago y se enquista en las pantorrillas, del que hablan los atletas antes de dar la primera zancada en las carreras, era sólo un mito.

Lo había oído de su boca, pero no le di crédito. Deseché las historias de calambres, mareos, vómito y hasta convulsiones que me contaron la semana pasada mientras me inscribía en la versión para aficionados de la Cuarta Maratón de Cali. Pensé que, como en el fútbol, querían ganarme de ‘boquilla’.

Sin embargo, en la noche de la víspera esos cuentos me taladraron la memoria. Por eso me tomé los suplementos y la vitamina C que me entregaron en el kit de ‘Juancho Correlón’ (la mascota del certamen). Dormí bien y me hidraté como me recomendaron. Hice mi propia ‘concentración’.

Pero de nada sirvió. Cuando llegué a las canchas Panamericanas, el sitio de encuentro de los participantes, busqué un gordito, una señora mayor, quizás un niño que me pudiera servir de consuelo (y rival parejo), pero en mi primer golpe de vista no lo encontré. Me vi llegando de último; sin nadie a mis espaldas.

Fue cuando viví el recorrido del temor en la espalda. Eran las 4:00 de la tarde y la canícula se resistía a bajar del cielo. Empecé a sudar frío y sin dar el primer paso, ya tenía el pecho empapado. Por un momento anhelé una de esas ‘manga sisa’ llenas de poros que parecen toldillo.

Al menos en su comienzo, esa maratón de aficionada no tenía nada.

El calentamiento. Pensé en abandonar antes de empezar. Hasta traté de salir porque estaba convencido de estar en el lugar equivocado, pero la turba de atletas que seguían entrando al complejo deportivo me lo impidió. Tocó dar la vuelta.

Así deben sentirse los novillos cuando les abren el corral. Hay que correr al paso de la masa sudorosa que empuja, antes de terminar revolcado.

De esa forma, dando trompicones, llegué hasta la cancha donde había más de tres mil personas calentando.

Ahí si vi al gordito. A los niños del plan ‘Mis Mompitas’, varias señoras de carnes descolgadas y algunos grupos de la tercera edad. Me sentí en familia.

Pero el martirio me estaba esperando. El ‘entrenito’ era una sesión de aeróbicos colectivos a son de reggaetón al que hasta las viejitas le cogieron el tiro en el primer intento.

Se veía como nado sincronizado sobre el césped. Los uniformes, la coordinación de tiempos, los movimientos perfectos. Un relojito que me resistí a ‘atrasar’.

Preferí estirar sólo, a mi ritmo, e irme al punto de partida. Ahí me encontré con Eduardo, un ‘rolo’ de talla similar a la mía que me preguntó si era mi primera maratón. “Este es”, pensé. Había ubicado el contrincante a vencer.

Un par de palabras y me moví entre la avalancha de gente que se replegaba contra las vallas metálicas de la Policía que les contenían la salida.

Estaba mentalizado. Listo para hacer parte de la estampida. Había convertido el miedo en una excitación que casi me permitía oír mi propio corazón y no el reggaetón del fondo. Los pies se me estaban moviendo solos.

Entonces alcancé a escuchar un rumor que, en ese apretuje, se extendió tan fácil como los malos olores que algunos dejaron salir: Norfalia Carabalí estaba allí.

Era cierto. Apareció y me hizo acordar de la película de Moisés, cuando abría el mar rojo para escapar de los egipcios. Es que así entró ella; caminando por entre la gente sin que nada la tocara y, nosotros, encantados por esas piernas interminables que parecen salirle mucho más arriba de su cintura.

La campeona panamericana. La única atleta vallecaucana de la que tengo recordación, la de musculatura rayada, la ‘gacela negra’ estaba allí, codo a codo conmigo.

Nada que hacer. Lo volví a sentir. El temor no me quería abandonar.

La carrera. Pero finalmente esas piernas se alejaron. Y con ellas, el desfile de camisetas porosas y el olor a linimento. Se fueron los corredores de la competencia élite y con ellos mis angustias.

“Bueno chinazo, ahorita sí a darle a la de nosotros. Dosificadito los primeros dos kilómetros y ahí sí empiece a apretar. Así hice en la media maratón de Bogotá”.

Entendí que yo también era competencia para el rolo y me le pegué al paso cuando abrieron la valla.

Pasamos por los cholados de la Novena y la Carrera 39 con un ritmo parejo, en la cabeza del lote. Alguien gritó mi nombre en una esquina y me motivé. Estaba de ‘local’ y el hombre venía de la altura. “Esto es mío”, dije.

Pero a las tres cuadras el ‘cacheti rojo’ alargó la zancada y los muñequitos de Juancho Correlón que tenía en su camiseta se me empezaron a hacer pequeños hasta desaparecer. Odié ese conejo.

Subiendo el puente de la Autopista Suroriental con 56, una señora que podía ser mi tía corrió junto a mí y me aconsejó que bajara “frenadito, como si fuera en carro”.

Bajé el acelere y hablamos del calor y de sus hijos. Me contó que era la tercera vez que corría y que tenía ganas de medírsele a la “grande”, a la de 21 kilómetros.

“Es que esto es un parche. Yo me la gozo compitiendo contra mí misma y de premio los niños después me llevan a comer”.

Precisamente, en el último tramo, los muchachos aparecieron a la orilla del camino para ofrecerle a la mujer jugo, echarle agüita y darle ánimo. Hasta para mí alcanzó una mandarina.

Después de la parada ‘técnica’ volví a apretar. Era un reto personal. Tenía que terminar en ese primer lote del que me había desprendido hace rato.

Los últimos arrestos me dieron para alcanzar a uno de los pocos corredores que había allí con ‘cachetera’. Necesitaba un corredor a seguir para recuperar mi posición, pero escogí mal. Este tenía el ‘kit’: medias taloneras, zapatillas especiales, balaca y el relojito que mide las pulsaciones.

Tratando de impedir que me dejara tirado, las seis cuadras que me faltaban para llegar a la meta se me hicieron eternas.

El pavimento estaba hirviendo y sentí cada una de las piedritas de la calle chuzándome los pies.

En ese momento, a punto de desfallecer, corriendo a un paso que no era el mío, me encontré con la gente que en la Calle Novena aplaudía la llegada de todos.

No hubo chiflidos, ni burlas. Sólo palabras de aliento, palmas y pulgares haciendo gestos de admiración.

Un estertor que prendió la última mecha que me quedaba para hacer el ‘codo a codo’ del final.

Me sentí en San Silvestre. Recordé a Víctor Mora. Saboreé una pequeñita victoria.

Cuando entré a la cancha de nuevo, recibí una de las diez mil medallas que les entregaron a todos lo que participaron en la maratón aficionada, bebidas hidratantes y palmaditas en la espalda, que me reconfortaron.

No supe en qué posición llegué. Sólo que terminé. Fue un ‘parche’ de carrera.

Con esa sensación empecé a escribir esta crónica hasta que un compañero me preguntó en cuánto tiempo había hecho el recorrido: “En 37 minutos”, le contesté entusiasmado, hasta que me dijo que era mucho tiempo. Que estuve lento. Que me faltó entreno.

En ese momento no pude decirle nada, pero ahora, viendo la medalla, creo que está equivocado.

No tenía nada que demostrar. Fue Cali la que ganó. En un par de horas hice las veces de un atleta y gané. Me llevé la de oro.

El número

6 kilómetros es la distancia de la carrera para aficionados. El tramo más duro es el de los puentes elevados de la Suroriental.

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