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Alvaro Burgos Palacios, El País, Julio 08 del 2003
A la alegría de caminar sobre la tierra sólo la supera el amor.
Y caminar enamorado, sintiendo al marchar sobre el planeta un suave aire de
tarde oxigenada, llevando "un sueño en el alma y en los labios
un cantar" , puede parecerse a lo que llaman felicidad.
Antier pudo haber sido una tarde feliz para los miles de pobladores de Cali
que anduvieron en la Media Maratón.
Con notable madurez sobre el año pasado, con mayor organización, con mejor conocimiento de lo que se hacía y -para muchos- con justa preparación atlética y emocional, esa oportunidad de encontrarse consigo mismos en la disciplina dichosa de correr, trotar y caminar regaló antenoche un amable atardecer.
La gente se veía animada pero más allá del embeleco. Había sonrisas, sí, pero catadas como buen vino. Se respiraba el entusiasmo de sentirse parte viva de un acto civil donde medio millón de personas se movilizaron alrededor del espectáculo. En los bordes periféricos de la ciudad, como López, había entusiasmo explosivo de la gente pobre que raramente siente que participa en algo común. Vieron atletas de paso veloz que parecían apenas rozar el piso o muchachas que anduvieron los 21 kilómetros sin detenerse ni siquiera ante su propio descorazonamiento.
Este recorrido para recreación, familias enteras sacaron a la calle los asientos de su comedor y se sentaron a ver pasar corredores jadeantes. Allí se vio a toda clase de ciudadanos. Hubo niños desde los 6 años. Más gente joven parecía haber participado este año en comparación con el certamen anterior.
Clubes de adultos y de personas de tercera edad con banderas y estandartes. Señoras gordas de piernas cilíndricas. Muchachas delgadas, gente bonita, gente adiposa, gente flaca, gente común, gente discapacitada que tuvo su propio recorrido, gente alta, gente chica, gente con cara de gente. Mucha gente. Y toda ella, tejida en el subir y bajar de los puentes, en las avenidas del trazado, contenta al recibir el ramalazo de aire fresco de los Farallones y los gritos de entusiasmo de muchachos en zancos o de " Juanitos Correlones" o bienhechoras bolsas de agua o vasos de refresco que aliviaron las gargantas y tapizaron el piso.
Cuando las callecitas del final se cerraron y la multitud llegó de retorno para acariciar su meta de cinco kilómetros, fue posible sentir que había más amor por la vida, que se redescubría el propio cuerpo en la significativa hazaña de caminar en afecto consigo mismos.
Porque la tarea que ejecuta la Asociación Maratón Ciudad de Cali, con Silvio López, ha superado lo puramente atlético. Es deportiva, claro, y los competidores internacionales asi lo reconocen por la seriedad de la organización la cuantía de los premios y la claridad competitiva. Pero ha trascendido esa frontera para convertirse en un proyecto para Cali. El protagonismo subjetivo no ha existido y, por ello, este año nuevos organismos oficiales y privados se unieron con entusiasmo al acontecimiento. Que mucho bien le hace a la ciudad y a sus pobladores. Porque sólo basta salir a caminar con amor.